El estrés en tiempos de remisión
Desde que estaba en el hospital, dejé de ver fútbol. En ese momento jugaba la Selección de Costa Rica y estaba el campeonato nacional, pero algo en mí se apagó. No quería —ni quiero— estresarme, y el fútbol me eleva el cortisol a niveles que ya no me interesan. Luego hice lo mismo con las noticias de política de mi país y del mundo. No por indiferencia, sino por preservación. Siento una necesidad gigante de proteger mi sistema nervioso de cualquier cosa externa.
Todo eso fue mi decisión. Un filtro consciente para cuidar mi paz. El problema es cuando el estrés no viene de afuera, sino que se mete directamente en mi cotidianidad.
Estas últimas semanas laborales han sido estresantes. Hace unos días, vi un mensaje de trabajo y me dije: “Después lo veo, ahorita no puedo hacer nada”. Pero a las 10:00 p.m. el recuerdo volvió. Empecé a pensar que la había cagado como nunca y mi mente construyó todos los escenarios catastróficos posibles (que, claramente, no pasaron) sobre cómo lo había hecho todo mal.
Esa noche me dejó agotada al día siguiente. Se me detonó esa sensación de una corriente eléctrica que sube desde el pecho hacia el cuello y que las personas que han tenido ansiedad podrán entender. No me gusta ponerme la etiqueta de “ser ansiosa” porque eso no me determina, pero me toca admitir que hay momentos donde la ansiedad me patea la puerta y al mejor estilo “el pez de Bob esponja” hace su entrada triunfal.
Desde esa noche, tuve que ir por pastillas naturales para el estrés, respiraciones antes de dormir y obligarme a levantarme del escritorio frecuentemente a hacer cualquier cosa que no sea trabajo. Hoy, ya llegado el fin de semana, sigo suspirando, con el ceño fruncido y con esa vibración eléctrica en el cuello de que algo no está bien. Vivirlo tantos días seguidos me obligó a chocar de frente con una realidad: mi umbral del estrés está muy bajito.
Mi cuerpo y mi mente vivieron momentos de angustia espantosos. A veces me engaño pensando que el estrés postraumático ya es historia, pero la realidad es que ahí sigue, saludando de vez en cuando.
Hace un par de semanas fui a la ginecóloga. Mientras me hacía el procedimiento normal de toda la vida, yo sudaba, tenía que respirar fuertemente y me dolía lo que me hacía como si me estuvieran retorciendo ese palo que le meten a una. Mi cuerpo recordaba el dolor de los hospitales.
He querido hacerme la fuerte, la que sostiene su propia vida y se demuestra que puede con todo. Elegí comer saludable, entrenar, ir a terapia y construir una estructura de bienestar impecable con la intención de estar sana. Sé que nada me da una garantía del 100%, pero hago lo que está en mis manos. Lo que pasa es que hay partes que elijo y controlo, y otras que todavía no se cómo dominar.
Esta semana, me enteré de la muerte de una persona. No tengo muy claro qué le pasó, pero me hizo recordar, que la vida es un soplo y que quiero vivir al máximo; quiero querer con todo a mis personas cercanas y aprovechar cada milímetro de esta nueva vida que tengo la oportunidad de vivir.
Está bien bajar las revoluciones. Querer vivir al máximo también significa aprender a descansar y a aceptar que habrá semanas donde el único logro será respirar hondo y sobrevivir al día.
Sé que todo va a pasar y que esto es temporal. Pero no deja de preocuparme tener estrés y ver mi salud comprometida… precisamente ahora, en tiempos de remisión.

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