Hoy nueve de septiembre, es el día de la niñez en Costa Rica.

Cuando era niña, recuerdo a mi mamá enseñándome la ¨Convención Sobre Derechos del Niño¨ de la ONU; diciéndome que la aprendiera, que entendiera cuáles eran mis derechos fundamentales a esa edad. ¡Quien iba a imaginar que, gracias a esa lectura constante, tomaría decisiones importantes en la adolescencia!

Mi infancia fue ¨bittersweet¨, tuve momentos muy bonitos y otros bastante feos. Me cuesta a veces recordar los lindos, porque el cerebro decide que las malas experiencias tienen más peso que las buenas. (¡hay que ir a terapia para cambiar eso!) Por lo general, los momentos lindos vienen a mi como sensaciones, por ejemplo, cuando estoy en el mar, flotando… o cuando he corrido cuesta abajo por una montaña. Es en ese instante, cuando me doy cuenta que voy sonriendo como cuando era niña, sintiendo que tengo ocho años y no le tengo miedo a nada. También me pasa en bici; la primera vez que me monté en una en estos últimos tiempos, me devolví a cuando andaba por el barrio, en una ¨Chopper¨ bajando por la cuesta, sin frenos, porque no había nada que me detuviera, ¨sin miedo al éxito¨.

Es increíble como nos impactan las vivencias a esas edades.

Una vez, podría tener unos nueve años, iba caminando por la cocina, detrás de mi bisabuela. La señora caminaba un poco lento, así que yo, en son de broma, le pegué un par de nalgadas y le dije

– Vamos abuelita, rápido

En ese momento, mi adorable bisabuela, se volvió, enojadísima, me dio media vuelta y me pegó una nalgada, diciéndome

– Mocosa malcriada, eso no se hace. ¡Respete a sus mayores!

No me pegó duro, pero el solo acto, quedó grabado en mi mente. No entendía por qué se había enojado, si yo estaba jugando, pero definitivamente nunca mas lo volví a hacer.

Mi bisabuela era mi madrina. Ella adoptó muy bien su papel y se encargó de que yo tuviera calidad de vida viendo novelas venezolanas todas las noches y ¨Hola Juventud¨ por las tardes. No le gustaban los perros. Así que, retando su autoridad, una vez recogí uno de la calle, amarillo, con una panza enorme llena de parásitos y lo traje a casa. La señora estaba furiosa, yo creía que se iba acostumbrar, ¡pero noooo qué equivocada estaba!!! mi adorable bisabuela, esperó a que me fuera a pasear con mi mamá, para sacar al perro a la calle y dejarlo ir. Cuando volví, dijo que no sabía que había pasado, que una mañana se despertó y el perro no estaba.

El nacimiento de mi primera prima del lado materno, fue doloroso para esta leona (de signo zodiacal). Yo era la mayor, tenia cinco años en este mundo, toda la atención era para mi solita, estaba en el paraíso y no lo sabía; de un momento a otro, nació esta niña, que acaparó todas las miradas y quedé en el olvido. Fueron naciendo poco a poco los otros niños de la familia; ya yo no estaba en segundo plano, sino tercero, cuarto y así sucesivamente. Pero la primera prima, marcó mi vida.

Yo quería jugar con ella, la veía como una muñeca y no me dejaban, no podía ni agarrar el coche porque mi tía pegaba un grito (y es en serio que era grito de alarma máxima) diciendo

– ¡No toque a la chiquita que se le puede caer!

Años después, en estos tiempos de adultez, esa primera prima, me contó que una vez la hice electrocutarse.

– A que usted no mete el dedo aquí (toma corriente en la pared)

– Vea yo si puedo (procedí a doblar el dedo, para que ella pensara que si lo estaba metiendo)

Mi prima en ese momento se sorprendió de la hazaña, por supuesto siguió mi ejemplo y ya sabemos lo que pasó después.

Evidentemente no me acordaba de ese evento, pero marcó la vida de mi prima, tanto para que cuarenta años después, cuente la historia.

Mi abuela (y esta no es la ¨bisa¨, sino la abuela, abuela) siempre llora de la risa, cuando se acuerda del día que estábamos en la playa con una amiga de ella y su nieto; yo me metí al mar y empecé a flotar, acostada, boca arriba en un puro relax, ojos cerrados y en mi mejor estado zen. Cuando en eso, sentí un ¨chilillazo¨ en mi estómago. El mocoso de la amiga, agarró un palo y ¡me pegó en la panza!

Apenas abrí los ojos, lo vi, me levanté y salí corriendo detrás de él, para devolverle el golpe. ¡Estaba furiosa! Corrimos por toda la playa y mi abuela quedó orgullosa de la forma en la que me defendí del atacante en cuestión.

El mar siempre fue mi vida y siempre lo será. Una vez, decidí meterme con un colchón de inflar. No sé cuántos años tendría, pero estoy segura que estaba bien niña, porque al acostarme en el colchón, me dormí. (podemos ver una vez más, que el mar es mi mejor amigo y me hace entrar en trance) Mis papás empezaron a buscarme, porque obviamente tenían rato de no verme; cuando a lo lejos, divisaron algo color rojo flotando en el mar, cerca de donde terminaba la bahía y empezaba el mar abierto. Salieron corriendo, nadaron hasta alcanzarme y no se cual de los dos desconsiderados, me sacó del estado zen en el que estaba (así como el mocoso de la historia anterior) y me llevó de vuelta a la orilla.

Así todos tenemos nuestras historias, locas, divertidas y otras no tanto. Ojalá que podamos seguir acordándonos un poquito más de esas graciosas y lindas, que hacen que de inmediato, una sonrisa se dibuje en nuestra cara.

Volviendo a la ¨Convención Sobre Derechos del Niño¨, es increíble volver a leerla, 30 años después y ver que, como humanidad, no hemos avanzado lo suficiente con este tema. Igualdad, protección, educación y diversión, son algunos de esos derechos; por supuesto que para los que vivimos en esta burbuja, creemos que si hay avance, pero la realidad en otros lugares (o burbujas) es muy diferente. Trabajo infantil, violencia, abandono, discriminación, son solo algunos de los derechos que han sido violentados para un buen porcentaje de la niñez a nivel mundial.

Si quieren leer para ustedes o para sus hijos esta convención, pueden buscarla con ese nombre en Google. Siempre es importante que nosotros como adultos y la niñez, sepamos los derechos y no los demos por sentados. Yo doy gracias a que mi mamá me lo enseñó.

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