Me verás volver….

Hace 11 años fue la última vez que anduve por estos lares, en una condición totalmente diferente.

Era otra yo. Una yo que necesitaba ser vista. Hoy no lo necesito; hoy ya tengo todo. ¿Podría tener algo más? Sí, claro. Pero ya no desde la carencia, sino desde lo que elijo querer. Hoy genero otro imprint desde la ilusión que me da reencontrarme con esta ciudad tan hermosa.

Cuando fui hace 11 años, yo ya la conocía. Pero ir en ese entonces fue para complacer. Hice el plan “perfecto”, armé la ruta por los lugares que ya sabía que tenía que ir, y solo incluí uno que yo no conocía (que casualmente fue el que más me gustó, aunque era en Colonia del Sacramento y no en Buenos Aires).

Venir acá siempre es un buen plan, tampoco es que lo haya hecho sin querer. Pero, mirándolo a la distancia, probablemente hubiera hecho otras cosas, conocido otros lugares y, sobre todo, la dinámica habría sido diferente. Pero como siempre: si una no lo vive, no lo aprende. Además, definitivamente los “hubiera” no existen. El punto es que ya estoy aquí.

Debo confesar que estuve un poco preocupada por la alimentación y por el vuelo de siete horas. Me tocó ponerme medias elásticas porque, según el doctor, a cualquiera le puede dar una trombosis por estar tantas horas en un avión, pero a alguien con mi historial médico, estadísticamente es más factible. Así que ahí estaba: muy juiciosa haciendo ejercicios antes de abordar, intentando que mi compañera de viaje no me viera como una loquita moviendo mis pantorrillas de arriba para abajo.

En el aeropuerto vino el primer reto: el desayuno. Compré un sándwich que estaba bastante feo y que tuve que comer con muchísimo cuidado para que no me doliera nada. Mis enzimas digestivas serían mi salvación en todo este viaje. El siguiente paso fue armar el arsenal: frutas, barritas y snacks saludables para pasar ese montón de horas metida en el avión, considerando que debo comer siete veces al día de forma saludable, constante y con toda la proteína posible. Buen reto. No lo logré al cien por ciento, pero al menos no pasé hambre y nada me cayó mal.

Segundo reto: el cansancio. Algo que me sucede a menudo es que mi energía no es la misma de antes. Así que ir de un aeropuerto a otro, cargar maletas, el taxi, el trasnocho… son cosas que me pasan factura. Sobre todo porque al día siguiente tenía que trabajar y reunirme con gente de finanzas por tres días seguidos. (No hemos hablado de esto, pero las finanzas son un mundo que apenas estoy empezando a aceptar en mi vida, porque siempre creí que no era buena en eso). Gracias al cielo el viaje era de lunes a viernes, porque literal estaba molida; no hubiera aguantado ese ritmo por dos semanas.

Pero lo verdaderamente maravilloso de todo este viaje —más allá de reencontrarme con Puerto Madero y las calles porteñas— fue EL DULCE DE LECHE, COMER CARNE Y TOMAR VINO. ¡Bendito sea el día en que decidí que era buena idea venir a Buenos Aires!

Esos tres insumos fueron “insumidos” diariamente. ¡Y sin problema alguno! Mis órganos internos los toleraron a la perfección y me permitieron experimentar uno de los mayores placeres de la vida: comer rico. Estoy demasiado agradecida con mi cuerpo por esta experiencia, por su resiliencia y porque todo salió mejor de lo que esperaba.

Ahora sí… ¡estoy listísima para Canadá!

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